Nos dicen que las patentes protegen al creador. Yo creo que hacen lo contrario. Una patente no protege a quien crea; premia a quien deja de crear. Ten una idea, regístrala y échate a dormir: durante los próximos veinte años el Estado montará guardia sobre tu idea mientras tú descansas. Entretanto, todos los demás que podrían haberla mejorado tienen que esperar.
Lo que de verdad protege a un creador es algo completamente distinto: la competencia, la obligación de seguir haciendo las cosas mejor que nadie. Eso es, en dos párrafos, por qué estoy en contra de las patentes. No solo de las de software: de todas.
Creo en la propiedad privada. Creo que es uno de los cimientos de la civilización: la casa que construiste, la tierra que trabajas, la máquina que pagaste. En lo que no creo es en poseer algo que no se puede tocar. Pienso así desde 1993, cuando entré en la ETSIT de Madrid y usé software libre por primera vez en los laboratorios de la escuela; en 1994 ya estaba instalando GNU/Linux en casa, asombrado de que unos cuantos miles de desconocidos pudieran construir un sistema operativo simplemente compartiendo lo que sabían. Los años como desarrollador de Debian, y después como empresario, no han hecho más que reafirmarme.
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