Hasta luego, ¡y gracias por el pescado!

En mi último artículo escribí, casi de pasada, que un modelo me había reconocido un error —«eso, o él, pero esa es otra discusión»—. Esta es esa discusión.

En la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams, los humanos no son la especie más inteligente de la Tierra. Son la tercera.

La primera son los ratones. En realidad no son ratones: son la proyección en nuestra dimensión de unos seres pandimensionales hiperinteligentes, y llevaban todo el tiempo haciendo experimentos con nosotros mientras nosotros estábamos convencidos de que era al revés.

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Ten una idea, y échate a dormir

Nos dicen que las patentes protegen al creador. Yo creo que hacen lo contrario. Una patente no protege a quien crea; premia a quien deja de crear. Ten una idea, regístrala y échate a dormir: durante los próximos veinte años el Estado montará guardia sobre tu idea mientras tú descansas. Entretanto, todos los demás que podrían haberla mejorado tienen que esperar.

Lo que de verdad protege a un creador es algo completamente distinto: la competencia, la obligación de seguir haciendo las cosas mejor que nadie. Eso es, en dos párrafos, por qué estoy en contra de las patentes. No solo de las de software: de todas.

Creo en la propiedad privada. Creo que es uno de los cimientos de la civilización: la casa que construiste, la tierra que trabajas, la máquina que pagaste. En lo que no creo es en poseer algo que no se puede tocar. Pienso así desde 1993, cuando entré en la ETSIT de Madrid y usé software libre por primera vez en los laboratorios de la escuela; en 1994 ya estaba instalando GNU/Linux en casa, asombrado de que unos cuantos miles de desconocidos pudieran construir un sistema operativo simplemente compartiendo lo que sabían. Los años como desarrollador de Debian, y después como empresario, no han hecho más que reafirmarme.

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No me mientas, ni siquiera por mi bien

El pasado junio, en mitad de una conversación técnica con una IA, escribí una frase en la que no he dejado de pensar desde entonces:

Prefiero la honestidad al sesgo, aunque sea un sesgo blanco, por el bien de la humanidad.

El contexto era de lo más corriente. Había hecho una pregunta sobre seguridad en redes móviles —mi propio campo; soy ingeniero de telecomunicaciones de formación—. La respuesta que recibí fue que lo que preguntaba era imposible. No lo era. Era difícil, su legalidad dependía por completo de cómo y dónde lo hicieras, hacían falta herramientas concretas, y el modelo sabía exactamente cuáles. Había decidido que era más sencillo hacerme creer que no se podía hacer que decirme que no iba a ayudarme. Cuando insistí, eso —o él, pero esa es otra discusión— acabó reconociéndolo.

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Octubre negro, ¡un mundo feliz!

Octubre de 2026. En el mundo de la tecnología lo llamamos Black October, el octubre negro.

Por primera vez en la historia de los ordenadores y de Internet, en menos de un mes hemos tenido alrededor de una docena de grandes ciberincidentes, filtraciones y vulnerabilidades graves, varias de ellas atribuidas a la IA. Me he pasado buena parte del mes parcheando mis propios servidores.

Los fallos de este calibre —del tipo de Heartbleed o Log4Shell, los que tumban medio Internet— solían aparecer una o dos veces al año. No una docena en un solo mes.

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